01 Sep Miércoles de la XXII semana del tiempo ordinario
Lc 4, 38-44. Es necesario que evangelice también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado.
Al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. El, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».
Y predicaba en las sinagogas de Judea.
Otras lecturas del día:
– 1 Cor 3, 1-9. Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificio de Dios.
-Sal 32. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.